En la noche del 28 de julio del año 1810, el vecindario de La Laguna despertó alarmado por el incesante clamor de las campanas tocando a fuego. Cuando se supo que el incendio era en el Convento de San Francisco, el dolor de la ciudad fue inmenso. Solamente los que lo vieron podrán explicarlo o el que como yo, dice el Sr. Rodríguez Moure, ha oído a testigos presenciales de notaria honradez y sobrada ilustración, que en su respetable ancianidad me comunicaron sus impresiones.

El incendio comenzó por el campanario y de allí pasó al coro; de éste se propagó a las techumbres de las naves a los artesonados de las capillas dando apenas tiempo a salvar el Santísimo Sacramento, haciéndose esfuerzos sobre humanos para libras de aquella hoguera la preciada imagen del Cristo de La Laguna. Se cuenta que, en el momento de posponer el pie en el umbral de la sacristía el P. Escobar son el Sacramento, se desplomaba ardiendo la magnifica techumbre de la capilla mayor.

A un testigo presencial, sigue diciendo el señor Moure, oí referir que el acto mas imponente y que más pavor infundió en este triste drama fue la traslación de la Santa Imagen del Cristo a la parroquia de los Remedios a las tres de la madrugada, alumbrando su paso con los trozos de tea arrancados del incendio, procesión fatídica en que los llantos de un pueblo consternado se oían a gran distancia.

Este memorable siniestro hasta las mujeres dieron pruebas de un valor insospechado. Parece que desde los primeros momentos acudieron los hombres de los alrededores y de las eras del llano, por ser la época de la trilla, trabajando sin descanso para salvar el templo; sólo cuando consideraron impotentes para conseguirlo intentaron poner en cobro las imágenes y objetos del culto; pero ya era tarde, y toda aquella riqueza artística habría sido devorada por las llamas, si las mujeres, con una decisión y fortaleza de ánimo increíble en su sexo, no hubiera ido sacando, a pesar del humo y del calor y con mucha antelación, lo mas notable joyas, ornamentos, plata labrada, imágenes y cuadros de mérito, trabajo que continuaron impávidas hasta el momento extremo en que comenzaron a desplomarse las techumbres. Las mujeres fueron verdaderas heroínas en aquellas trágicas horas de angustias y dolor, como dijo el insigne Quevedo de las otras épocas, fueron << todas matronas y ninguna dama>>.

El nuevo día alumbró un montón de cenizas. El hermoso templo, la bellísima capilla mayor, su artesonado magnífico, el artístico retablo… toda la riqueza de siglos, orgullo de Tenerife y gala de la Orden Franciscana, que se complacían en describir Quirós, Núñez de la Peña, Viera y Clavijo, había desaparecido para siempre...1

1 La junta celebrada por la Esclavitud en 9 de septiembre de 1810 da cuenta del incendio en los siguientes términos: << Se congregaron en la sala que tienen de costumbre el señor Esclavo Mayor don Pedro Colombo de Vargas y demás señores esclavos que abajo firmarán, todos los cuales, teniendo en consideración y con motivo de la desgracia acaecida en la noche del veinte y ocho de julio próximo pasado, en la cual se incendió este Convento del Padre San Francisco y su templo, que entre muchas otras recomendaciones de antigüedad y particular mérito tenía también la de ser santuario donde se venera desde la conquista de la Isla la milagrosa Imagen de de Nuestro Señor Crucificado conocida con el nombre de Santo Cristo de La Laguna...>> (Libro de actas, fol 97 vto).

… Antes de ahora dijimos que la Imagen del Cristo de La Laguna fue llevada en la noche del 28 de julio de 1810 a la parroquia de los Remedios. Terminada la capilla provisional fué trasladada a ésta, y de nuevo lo fué a los Remedios, ya Catedral, en 1º de julio de 1821, al ser reducidos los conventos. De allí pasó a la iglesia de San Agustín por encontrarse la catedral en obras. En tanto la Esclavitud reclamó del estado la capilla que había construido a sus expensas, que no pertenecía a los bienes eclesiásticos ni a las Órdenes religiosas. Así lo comprendió el gobierno y ordenó se le devolviera, tomando posesión de ella La Esclavitud en 13 de septiembre de 1822, a donde trasladó al Santísimo Cristo en procesión solemne.

Estracto del libro  "El Santísimo Cristo de La Laguna y su culto" de Buenaventura Boneet y Reverón

En el año de 1935, concretamente en el mes de octubre, se edita un libro de poesías de D. Emrique Romeu Palazuelos (Esclavo Mayor en 1980) titulado " Esta es la antigua Laguna" en la que dedica un poema al incendio del 28 de julio de 1810 y que dice así:

¡El fuego  que más ardía

con amor lo respetaba!

¡ Cómo crujía y olorosa

la madera entre las ascuas!

¡Y el fuego que mas ardía,

con amor lo acariciaba,

besándolo suavemente,

con la punta de sus llamas!

¡Negrito, negrito todo,

al Cristo ya lo sacaban

entre llamas obedientes

como una aureola clara...!

Vibrantes manos en alto,

acciones de gracias daban,

mientras los labios reian,

mientras los ojos lloraban...

Hoguera ya de si misma,

toda la iglesia una braza,

entre el chirriar de la tea

voces de mando, plegarias,

suspiros, gritos, mandatos,

jaculatorias y lágrimas...

¡Que brillos de espejo claro,

sobre la caliente plata!

¡Que lluvias de astillas rojas,

sobre las losas quemadas...!

¡Negrito, negrito mío!

La resina perfumada

en ofrenda enternecida

en sus humos te llevaba...

... y el fuego ya arrepentido,

iba muriendose en la calma...