Elsa López

“¿Por qué no yo esta tarde

hacia la Mesa Mota,

cima de luz

del Valle de Guerea,

al hombro la cadena

de seres que ya he sido,

los zapatos

de transitar la vida, el arpa

de la memoria?

 

¿Por qué no yo esta tarde

diluido

en el crepitar

de la lluvia?”

                                   (“Hacia” Arturo Maccanti Viajero insomne)

 

“Me dejará la luz

-del día, no del alba-

con pájaros de hondo,

definitivo canto.

 

Se cerrará el balcón

alto sobre la acacia,

la hierba y el geranio,

la ruidosa campana

vasta sobre la noche.

 

Te dejaré, Guerea,

ciudad del alma, un día.”

 

                                    (“Plena de gracia” Arturo Maccanti Helor)

                                  

¡Cuánto amor! ¡Cuánta generosa entrega en la voz de Arturo Maccanti hacia la ciudad de su alma, la ciudad que ama y padece, la que le duele por exceso de amor, precisamente! Así, para nosotros, las ciudades que deseamos y que, como sucede en la vida,  a veces no nos corresponden en la medida de ese deseo. Como si fuera un ser vivo así están dentro de nosotros. Como si de nuestras venas se tratara, sus calles nos recorren el cuerpo y, como parte de nuestro cuerpo, la ciudad nos procura ojos, bocas, brazos, canales por donde circula la vida que en ella late y, a semejanza de nuestro cuerpo, nos irritan y confunden, tienen frío y calor, se enferman y corrompen, tienen momentos brillantes y felices o se entristecen y languidecen, poco a poco, para acabar convirtiéndose en nuestra propia mortaja.

 

En un trabajo realizado hace años sobre arquitectura escribí sobre el descubrimiento de nuestra casa como un lugar en el que revierte el universo entero porque todo lo que queremos lo hacemos patente en ella. La casa como sistema de signos demostrativos del medio en el que está construida y de cómo es su dueño y de cómo piensa. Un universo lleno de significados que enriquecen a quienes la viven y a quienes la contemplan. En la casa, el individuo se vuelve hacia adentro, se repliega como un caracol. En ella se fortifica y en ella el proceso de ensimismamiento se hace más evidente, como un largo viaje hacia el interior con la decisión de explorar ese territorio al que los demás no tienen acceso. Conforme se desarrolla el mundo interior, las paredes de la casa se van haciendo más y más delgadas, más y más transparentes. Como una enorme cristalera abierta al exterior podemos observar desde ella lo que sucede fuera y, por las mismas razones, nos llega el descubrimiento de la ciudad como una prolongación de sí misma.

           

«Vivir una ciudad es entenderla en todas sus partes; saber hacer lectura de todos los elementos que la componen. Su casco histórico, por ejemplo, es un corazón que palpita al ritmo de quienes la habitan y es, quizá, la zona más delicada porque en ella se concentra mucho de lo que ella es. El ritmo de ese corazón no es casual. Todo lo que se irradia desde él tiene un sentido y una razón. Ese corazón debe ser atendido como merece y no podemos permitir que deje de latir. Cuando paseamos por él nos damos cuenta de cómo podemos tomarle el pulso a partir de esos latidos. Por eso creo que la determinación de mantener vivos esos espacios; el hecho de querer restaurar sus edificios y la propuesta de hacerlos de nuevo habitables es una idea que cualquier proyecto político debe cuidar en extremo. Y dentro de ese proyecto debe tener cabida el fenómeno de la cultura como una forma de revitalización del espacio. Darle a la ciudad una existencia nueva no es difícil si repensamos la ciudad como un lugar de vida. Para ello debemos hablar de cultura. La cultura es el bien y el sustento principal de los habitantes de una ciudad. Una ciudad que mire hacia la cultura es una ciudad respetada y en constante evolución. Y no hablo de cultura pasiva como los espacios dedicados a la muestra de cómo fue esa ciudad o cómo pensaban sus habitantes, porque, en ese caso, el centro histórico acaba convirtiéndose en un inmenso museo lleno de objetos expuestos para su contemplación, incluidos sus habitantes. Hablo de cultura viva.» 

  

Así pensaba y así lo escribí entonces para expresar lo que consideraba mejor para vivir en grupo. Las conjeturas sobre la casa que habitamos podían llegar a extrapolarse a la ciudad donde residimos y, como consecuencia, concebir una ciudad más acorde con nuestros deseos… Porque uno a veces sueña conque su ciudad sea como su propio cuerpo, como su propia casa. Tenerla igual de limpia y de cuidada. Así sueño yo La Laguna. Hablar de ella es hablar de ese cuerpo que habito y por el que paseo, me alboroto, me contemplo, me conmuevo y, en resumen, me procuro cada día.

 

La ciudad que hoy nos reúne aquí es esa casa grande y luminosa donde uno aspira a ser feliz. Sus calles, como venas abiertas por donde transitamos con el alma en vilo esperando cualquier asomo de vida, nos llevan de un  lugar a otro, y cada desembocadura nos conduce a nuevas bocacalles que se abren a otras visiones de la ciudad como grandes ventanales acristalados por donde vemos pasear a los otros, tan semejantes a nosotros mismos, tan solitarios, a veces, tan acompañados, otras. Transitar por esas venas nos hace sentir menos abandonados, porque en esa casa-ciudad que habitamos hay escaleras que nos conducen a lo más alto de sus balcones y miradores; y cocinas que nos ofrecen los mejores platos; y salones enormes donde recibimos y agasajamos a nuestros vecinos y amigos; y acogedores dormitorios donde reposamos cuando llega la noche y el cansancio.

 

En nuestra casa-ciudad hay flores y jardines y fuentes y rincones para descansar el alma. Y hay calles largas como largos pasillos que nos encaminan a una plaza abierta al mundo y a los bancos de un Santuario donde retirarnos a la oración y al silencio. Allí, como en esas capillas familiares de las antiguas casas solariegas, nos espera la representación de nuestra fe en la figura de un Cristo que forma parte de nuestros milagros. Él es el símbolo más fiel de las creencias religiosas de nuestra ciudad. Aún sin mencionarlo, su nombre y su figura presiden la zona más íntima y recogida de nuestro hogar. En ella, la figura de Jesús, pendiente de una cruz por tres clavos inmensos en la reproducción selectiva de nuestra memoria, vuelve su cabeza hacia el lado derecho y nos muestra todo el dolor del mundo. Y es entonces, al mirarlo de nuevo en su Real Santuario, siempre fiel a la reproducción que de Él tenemos (el mismo rostro, el mismo dolor, la misma fuerza, la misma emoción), cuando vuelven a nuestra cabeza las canciones que poblaron el exilio interior cuando escuchar una folia y los versos que la acompañaban nos arañaban el alma.

 

“Al Cristo de La Laguna mis penas le conté yo

sus labios no se movieron y sin
embargo me habló.”

 

En mi ideario religioso de entonces había solo dos figuras: La Virgen de Las Nieves y el Cristo de La Laguna al que mi madre le pedía exámenes sobresalientes y amores sabios. Y en aquel Madrid de los años 50, me preguntaba entre lágrimas qué me diría Él en medio de aquella penumbra en que me encontraba al estar lejos de las islas, la infancia tan perdida. Y le pedía regresar, volver a estar aquí, como estoy hoy, rodeada de paisajes y calles y miradas que me son familiares y queridas.

 

Porque hay ciudades a las que uno regresa siempre; ciudades que guardan y archivan el tiempo que alguna vez pasamos en ellas. La Laguna es una de esas ciudades. Yo no tengo recuerdos de ella. Tengo solo la memoria de mi madre y su memoria es ahora la mía. Y cuando escribo sobre El Santuario del Cristo de La Laguna o sobre las aulas de la vieja Universidad o sobre los paseos por El Camino Largo, estoy escribiendo sobre aquella frágil muchacha de apenas 17 años recién llegada de La Palma. Escribo sobre su fe y sus melancolías. De su memoria heredé retazos, anécdotas y silencios que me hacían presentir tristezas de juventud… Heredé esta ciudad. Y heredé los versos de Pedro García Cabrera:

 

"Por estas calles yo he ido

con mis libros bajo el brazo,

desde las ágiles aulas

al lento Camino Largo,

de las fuentes del derecho

a la ecuación de los pájaros…"

 

Y por eso La Laguna es una palabra, además de una ciudad, que no puedo dejar de asociar con universidad, cultura y la búsqueda incesante del conocimiento y la verdad cogida de su mano. Llegar a esta ciudad ha sido volver a un lugar que, de alguna manera, me pertenecía y del que yo formaba parte aún sin saberlo. Y cuando camino por La Plaza del Cristo y entro en su santuario, entro con ella y con ella recorro los caminos que sus manos trazaron. Sus calles son ahora mis calles. Sus plazas, las mías. Y me apropio de esta ciudad por el extraño misterio de la nostalgia Y así doy comienzo a un nuevo ciclo de construcción de mi misma que va unido a una ciudad donde se generan esperanzas y comienzan a germinar los que un día serán nuevos y hermosos frutos. Porque La Laguna es una ciudad que forma parte de mis sentimientos y de mis añoranzas, pero también forma parte de mis preocupaciones y de mis proyectos.

 

Hubo un tiempo en que hombres ilustres levantaron esta ciudad a la que concibieron como si pudiera ser abarcada por una mirada necesitada de paz y armonía; una mirada que participara del silencio y la sobriedad de sus calles y los muros de sus casas. Hicieron de ella una ciudad de renombre de la que nos enorgullecemos. La Laguna levantó gracias a ellos una universidad que alcanzó valores internacionales. Son nombres que dejaron una huella que hoy nos ennoblece. Esos nombres pasarán a la historia de la literatura, de la ciencia y la filosofía. Y los honramos por ello. Pero hoy quiero recordar a quienes construyeron la otra ciudad, la que solo vemos con los ojos del corazón; voces magníficas que levantaron otros muros y otras plazas que la fortificaron y embellecieron. Hoy repetimos en voz alta los textos que escribieron, los poemas que levantaron en evocación de esta ciudad y las rutas que nos trazaron de ella.

 

            Voces como la de Adrián Alemán de Armas que en La ciudad de los sentidos nos dice:

“Sé que encontraré sus aromas, sus viejos olores y sus nuevos perfumes. Seguro que escucharé el sonido de sus fuentes, el canto de su coro de pájaros, el anuncio de su lluvia a través de los fuertes alisios. Degustaré la sabia de su cultura en la contemplación de sus calles renovadas, de sus templos añejos y sus guiños modernos, con los que se adornan sus nuevas plazas y sus nuevas vías. Y palparé sus texturas centenarias, la corteza de sus araucarias, la roca de sus casas de siglos y la filigrana de sus modestos ejemplos modernistas. Y, por si fuera poco, me introduciré en el túnel del tiempo y trataré de reflexionar sobre los viajeros, comerciantes, pensadores, ingenieros, arquitectos que llegaron a La Laguna, la disfrutaron, la sufrieron y la configuraron (....)”

 

            Voces como la de Mariano Vega que nos dejó escrito en Lo eterno no es siempre que:

 

…  nos asusta
del muerto su identificación
plena con el paisaje
del que así huimos…”

           

Como un presentimiento su identificación con la ciudad que tanto amó y de la que compartíamos siempre lo bueno: la voz, las palabras los versos…

 

¡Tantos y tantos nombres que han pasado por esta casa nuestra! Dejemos que ellos nos precedan y dejemos que vengan otros que continúen enorgulleciéndonos. Corren nuevos aires. Abramos de par en par las puertas de esta casa nuestra y dejemos que recorran sus pasillos y habitaciones nuevos inquilinos, nuevas voces, nuevos discursos, nuevos guerreros y nuevas batallas. Espíritu crítico y dignidad serán palabras que lleguen para enriquecernos. Hagamos de La Laguna una ciudad joven, emprendedora y libre y dejemos que la ciudad brille con solo pronunciar sus nombres. Ayudemos a que sus sueños se hagan realidad. Que los años que vengan nos recuerden por haber sido capaces de confiar en esos sueños. Hagámoslos nuestros. Fortifiquemos esta ciudad y dejemos que las generaciones que llegan a sus murallas cuiden de conservarlas y ennoblecerlas. Abramos nuestros corazones y dejemos que la esperanza anide en ellos. La ciudad espera también. A lo lejos, el mar aguarda la llegada de estos nuevos navegantes que vendrán a engrandecerla más si más cabe. Nada podrá vencerla. Ella se alza poderosa y fuerte. Su ejército está llena de vida y de energía y se ha formado en el valor y la destreza que le inculcaron sus mayores. Y, como sus antecesores, han aprendido a amar esta ciudad de la que hablan y escriben con tanta dolorida claridad. Así, por ejemplo, Bruno Mesa que en su Carta a una ciudad declara:

 

“Hace apenas veinte años eras una ciudad coja, malcarnada, y exhibías un esqueleto de asfalto por calles estrechas como colas de lagarto. Se te reconocía en negocios donde el polvo y la gutapercha bailaban su tango inmóvil, donde el silencio doblaba las espaldas y hundía la mirada, donde un taxidermista omnipresente disecaba los escaparates. Solo había vida más allá del moho, justo donde empezaba la universidad y la droga despertaba, con sus fuegos de artificio, a los niños ancianos, allí donde cada noche se podía reescribir la historia y hacer planos para un nuevo mundo. Era otro espejismo. Al amanecer sólo había garabatos en la servilleta arrugada, el trayecto demente hacia una isla imposible.

            Ahora vienes joven, casi nueva, y se puede mendigar a placer en tus calles, poner una orquesta barroca o manifestarse.”

 

Estas voces, estos jóvenes que habitan nuestra casa, están educados en el arte de la felicidad y conocen el valor de la justicia. Saben lo que es honesto y reconocen, sin dudarlo, a qué llamamos libertad. No la confunden con la mentira ni hacen de ella una palabra más. Han luchado por ella y han luchado por la nobleza que posee quien la busca. Y si los veis leer poemas en los bares o hacer música en una calle o recitar en voz alta en los portales del vecindario, sabed que son portadores de bondades nuevas y no temen repartirlas a manos llenas por la ciudad que se embellece y engalana con ellos. Porque ellos son quienes harán de La Laguna lo que La Laguna ya es sin saberlo: un faro de luz que atraerá a los viajeros que llegarán a sus puertas, como si de una nueva Alejandría se tratara, a buscar la palabra que les falta y la esperanza que necesitan. Viajeros que no vendrán a buscar reposo, sino paz; no vendrán a buscar diversiones, sino alegría. Innumerables son los que vigilan para que así suceda tal y como lo constata Sergio Barreto en los versos de “Azul y pronunciable” de su libro Los Centinelas:

 

“…

y la ruta extranjera de la aurora
hallaría su patria en esta casa

y los albatros,
los cansados albatros del poema,
remontarían vuelo hasta perderse

en sílabas de viento

azul y pronunciable.”

 

Yo lo sé. Y un día, no muy lejano, La Laguna será nombrada como la ciudad de los poetas, de los músicos, del arte y el conocimiento. Y la casa que un día levantamos con el ánimo cierto de rodearnos de belleza y sosiego, será una casa inmensa, sin paredes ni cerrojos que nos impidan remontar ese vuelo.