Elfidio Alonso Rodríguez

CANTORES Y CANTARES LAGUNEROS POR EL CRISTO.

Tras cinco siglos de fundada, San Cristóbal de La Laguna ha resultado ser una ciudad escurridiza y de muy difícil definición. O no se ha dejado encasillar en manidos y artificiales clichés, o bien sus cualidades y defectos han ido variando; se han escondido en ciertas y determinadas etapas y han vuelto a aflorar cuando ya sus habitantes pensaban que habían sido erradicados para siempre.

Qué decir de aquellos que han pretendido hacer a La Laguna a su imagen y semejanza, como si fuera su propiedad privada o de acuerdo a estrechas concepciones movidas por el interés particular, donde las ambiciones, el falso orgullo, el egoísmo y también la ignorancia terminaron siendo falsos espejismos pasajeros, porque La Laguna no se ha dejado atrapar fácilmente, ha sido rebelde y esquiva como una moza en celo.

 Veamos algunos ejemplos históricos que vienen a confirmar toda esa serie de vicisitudes por las que ha pasado nuestra ciudad, a la que Viera y Clavijo llegó a llamar “señora doña”, nada menos, en su famosa y poco conocida Chulada burlesca a la perdurable intemperie de la ciudad de La Laguna, que cuenta con el siguiente comienzo:

                     Repare mi señora / doña Laguna, / que sus impertinencias / no hay quien las sufra./ Y bien la vemos / mal acondicionada / por su mal genio.

Ha existido además la pretensión de fustigar a La Laguna como si ella, por sí sola, fuese culpable de todos esos males y defectos que le achacan: el frío, el viento, la humedad, el silencio, la lluvia permanente, las casas tétricas, la rutina y el gran cementerio, entre otros piropos que cronistas propios y foráneos fueron desgranando como cotorras copionas sin la menor tregua y, lo que es más grave: sin reparar en que todos, unos más que otros, estaban levantando un gigantesco sambenito que sólo la ciudad, y únicamente la ciudad, ha logrado ir desmontando pieza a pieza al cabo de los tiempos. Esta ha sido la mejor revancha o desquite de La Laguna: haber utilizado esos repetidos defectos en su propio provecho.

Una de dos: o el Santísimo Cristo que lleva su nombre ha obrado el gran milagro, o bien La Laguna ha logrado ir superando todas las calamidades sin que sus propios habitantes, buenos y malos, egoístas o generosos, comprensivos o desaprensivos, hayan podido darse cuenta. También es cierto que esos habitantes han debido tener buenas virtudes e innegables aciertos en momentos cruciales de la historia de la ciudad, que no todo el monte es orégano.

DE LA GLORIA AL CEMENTERIO.

Y eso que la historia comenzó con muy buen pie para La Laguna. Veamos si no: en mitad del siglo XVI, el mercader Thomas Nichols llega a escribir que La Laguna “es una hermosa ciudad, situada a tres leguas del mar y con dos importantes iglesias parroquiales”. Y eso que Nichols no regaló sus elogios, como lo demuestra ese apelativo de Desafortunadas que les colgó a nuestras queridas Islas.  También sir Edmond Scory, que recorrió Tenerife a comienzos de 1580 (su libro no sería publicado hasta 1626), le dedica a La Laguna uno de los mayores elogios que haya podido recibir nuestra ciudad, cuando dice que “está milagrosamente situada en medio de una vega de diez millas de circuito; como si la naturaleza hubiera preparado este lugar al hombre para edificar en él una ciudad”. No es posible decir nada más elogioso, aunque tan ilustre visitante intente rizar el rizo con dos apreciaciones sorprendentes: el viento que sufre la ciudad “es un verdadero amigo que favorece a la población”, y el rocío, la sorimba o el chipi-chipi “caen en cantidades y refrescan la noche”.

                  (Señora alcaldesa: este bueno de sir Edmond Scory bien merecería que una de las calles de la ciudad llevara su nombre).

También fray Alonso de Espinosa, hacia 1594, dice en su conocida crónica que La Laguna “es una ciudad bien puesta y sentada, poblada de mucha gente principal y rica, ennoblecida con edificios grandes y suntuosos, espaciosas y anchas calles y plazas, con dos iglesias parroquiales y honrada con cuatro solemnes conventos, dos hospitales y otras muchas ermitas y oratorios, mucha caballería, mercaderes de mucho caudal y labradores gruesos”.

Leandro Torriani, que se encontraba en La Laguna hacia 1588, elogia “las calles rectas y largas, paralelas y de ángulos marcados”, que llegó a reflejar en su maravilloso mapa, faro y guía para los laguneros durante más de cuatro siglos. Ahí está y ahí sigue tan campante, como en la hora. Sin embargo, el ingeniero italiano ya introduce algunos reparos, que luego serían copiados al pie de la letra por numerosos cronistas nacionales y extranjeros: “Las casas son bajas y tétricas (...) Las fachadas de las casas miran hacia el norte, son húmedas y crece la hierba en mitad de la calle”. O sea: lo que es lacra para Torriani lo convertirían más tarde los poetas románticos en motivo de fervor hacia la ciudad: no hay nada comparable a ver crecer la hierba entre los adoquines. Y así se sigue escribiendo la historia de nuestra Laguna, entre paradojas y contradicciones.

TESTIMONIOS LÍRICOS.

El poeta Antonio de Viana incluye en su famoso Poema una descripción lisonjera sobre la ciudad que lo vio nacer:

            “Hubo luego principio de edificios / formando buenas plazas, calles, casas, / tan bien formadas y con tal concierto / que pueden competir con las ciudades / del asiento mejor que tiene el mundo; / a donde se conocen claramente / la gran curiosidad de las personas / que la poblaron y conquistaron”.

Si esta visión poética se correspondía con la que tuvo Viana de La Laguna en el siglo XVII, Viera y Clavijo nos ofrece otra bien distinta, ya bien entrado el siglo XVIII, cuando La Laguna comienza a padecer la más grave crisis social y económica de su historia, a partir de la gran erupción volcánica que llegó a sepultar el puerto de Garachico En la citada composición de la Chulada burlesca, que Viera escribe usando la métrica de la popular seguidilla, el gran historiador tinerfeño, medio en serio y medio en broma, nos ofrece una desconcertante visión de la bien amada ciudad, poniendo el sarcasmo en aquellos aspectos que luego se convertirían en tópicos en las manos de aprovechados visitantes. Viera, entre otras cosas, llega a decirle a La Laguna, tras llamarla “señora doña”:

                 “Todos murmuran, / y la razón no es otra / que su locura”. Luego añade que “tiene Justicia, Prudencia y Fortaleza, pero no Templanza”. ¿Por qué? “Porque es vihuela / que a las danzas mejores / se nos destempla” También su alusión al mal clima que padece la ciudad no admite duda: “Porque en tal pueblo, / la mejor coyuntura / llega a mal tiempo”. Y tras la introducción, el poeta trata de burlarse de la ciudad durante las cuatro estaciones. En Primavera, “de aire está mala, / y le aplican ventosas / en ambas nalgas”. “Si en Primavera es prima / nuestra Laguna, / en el Estío es tía, / mas madre, nunca; / que su dureza / al punto que nos cría / ya nos despecha” (Terrible). En Otoño, “Con calina otros días / yo la descubro, / siendo Troya sin fuego, / pero con humo. / Que entre la bruma, / se va a perder de vista / ciudad tan chusca”. Y con respecto al Invierno, dice el poeta: “En los días de Invierno / ni el sol nos sale, / porque a todos da el frío / con que alumbrarse. / Que aquí se nota / que hasta el sol tiene frío, / pues se encapota”.

En su conclusión, Viera intenta quitarle hierro a sus tremendas y jocosas  sentencias sobre la ciudad, diciendo: “En fin, no se me enoje / Laguna honrada, / que usted en estas cosas / no tiene faltas”. Mas vuelve a la carga en el terceto o estrambote final, reafirmándose en lo dicho: “Y todas estas / no son ningunas burlas / porque son veras”. Este Viera y Clavijo era de armas tomar, que diría el recordado Pérez Minik.

Pero estos exabruptos de Viera y Clavijo, entre bromas y veras, quedarían pálidos si los comparásemos con los juicios que llegaron a escribir los extranjeros que, durante el siglo XIX, visitaron nuestra ciudad. Basten algunos ejemplos: “lugar marchito”, “hoy parece una pequeña ciudad dormida”, escribió Du Cane. “Merecería llamarse ciudad silenciosa”, dijo Wimwood Reade en 1864, para añadir: “Sus casas eran como tumbas y sobre sus puertas se podrían escribir los epitafios. Allí no había ninguna muchacha bonita en los balcones, ni sonidos de guitarra en su interior”.

“¿Estamos por ventura en el gran cementerio? ¿Es esta una mansión de los vivos o mansión de los muertos?”, llegó a preguntarse Carballo Wangüemert en 1862. “Esta ciudad muerta, antiguamente tan próspera”, se lamentaba Adolphe Coquet al pasar por nuestra ciudad. Y Leclercq, añadía: “Hoy está muerta e inanimada, aunque sigue mostrando las huellas de su pasado esplendor”, para rematar con la sorprendente frase: “Es una ciudad decaída, como Toledo” ¡Qué casualidad: al cabo del tiempo las dos ciudades iban a merecer el título de Patrimonio Mundial¡

Y Olivia Stone, la gran escritora británica, se atrevió a llamarla “tumba viviente”, al ver, a través de puertas y ventanas, los patios y huertas interiores, llenos de flores y árboles, signos inequívocos de la atención que recibían de parte de los humanos. De ahí la siguiente deducción de la autora de Tenerife y sus seis satélites: “Sólo entonces nos damos cuenta que la ciudad de los muertos es, en realidad, una tumba viviente”.

Pero, como ha señalado certeramente Carmelo Vega de la Rosa en su libro-catálogo La Laguna: paisaje de identidad, que publicamos en este ayuntamiento en 1996, tal vez sea la descripción que hizo A.B.Ellis la más escalofriante de todas: “Es una especie de ciudad de la muerte (...) Todo anuncia decadencia y abandono (...) Es una ciudad que da horror, siendo lóbrega y depresiva hasta el máximo grado. El lugar tiene pocos habitantes (...) y es maravilloso que puedan vivir allí sin llegar a suicidarse”.

Y terminamos esta relación de terribles improperios con una hilarante descripción sobre las pulgas laguneras que encontraban tan ilustres visitantes en los míseros fonduchos con que contaba la ciudad por aquellos años, hasta que fuera inaugurado el Hotel Aguere, en 1887. Vean lo que dijo Winwood Reade, en 1864, sobre las pulgas: “No me atrevería a afirmar que las pulgas llenan a las personas de un temperamento melancólico, pero es cierto que las de La Laguna son incomparables en tamaño y actividad”. Y concluye: “Son las heroínas de muchas canciones de los campesinos”.

En cuanto al siglo XIX, es decir: ayer, merece la pena recordar lo que escribió Unamuno en Por tierras de Portugal y España (Madrid 1911) sobre La Laguna, incluyendo los mismos tópicos y latiguillos que habían usado los escritores extranjeros que hemos citado. Dice Unamuno: “Silencio, soledad, tristeza y brumas. Un silencio y una soledad que se me metían en el tuétano del alma (...) Vida de singular lentitud, vida de rutina, de existencia uniforme, siempre igual, de pausada existencia incubando modorras y pequeñas pasioncillas. Una ciudad mantenida a base de las mil pequeñeces de la vida soñolienta y larga, de discusiones, de eternas conversaciones y de tertulias que azuzaban las pasiones y donde inevitablemente florecían la envidia y el veneno, la vanidad y la celotipia”.

MODOS DE VER LA LAGUNA.

Juan Pérez Delgado, más conocido por su seudónimo periodístico de Nijota, ha sido uno de los hijos más ilustres y preclaros de esta ciudad. Nacido en La Laguna, en 1898, falleció en Santa Cruz en 1973. Podemos ver su busto en bronce en uno de los laterales de la remozada plaza de la Concepción, gracias a una loable iniciativa del Orfeón La Paz, modélica institución cultural y recreativa que cumplirá en 2019 sus primeros cien años de ininterrumpida y valiosa actividad. Con su sentido del humor tan particular, Nijota nos dejó una composición poética titulada Modos de ver La Laguna, publicada por vez primera en el periódico La Prensa, el 15 de septiembre de 1925. Es decir: al día siguiente de la festividad del Cristo de ese año.

Don Juan había comprendido que cada cual tiene su Laguna muy particular, según le vaya en la fiesta, tenga ciertos intereses que defender e imponer, o bien trate de impedir que otros se salgan con la suya. De ahí que en esta composición haya separado en grupos y categorías a los que pretenden definir la ciudad según el color del cristal particular de cada uno. Los turistas, por ejemplo, consideran a la ciudad “Como un pueblo español, / hermoso y atrasado, / con un bello Instituto / y un púlpito tallado”. Los curas la ven “Como una catedral enorme, bella y rica”. Los campesinos “Como una venta enorme, / donde van a comprar, / y donde los venteros / los quieren engañar”. Los de Gran Canaria, que han presumido siempre de llevarse bien con los laguneros, la ven “Como una población / canaria occidental, / que carece de puerto / y no es la capital”. Y los de Santa Cruz, con fama de enemigos irreconciliables, ¿cómo la ven? “Como un jardín enorme, / donde pasa el tranvía, / donde en auto el domingo / se va a cantar canciones, / donde venden buen vino / y hay poca policía, / donde hay buenas mujeres / y muchas procesiones”.

Nijota termina la exposición con su propia y particular visión de su ciudad, a la que considera “Como el lugar del globo / donde está mi familia, / apreciable entidad que hoy, mañana, ayer, / en mis grandes apuros monetarios me auxilia, / y cuando tengo hambre me ofrece que comer”.

Al bueno de don Juan lo citamos en una de las coplas de la canción-sintonía del programa televisivo Tenderete, por encargo que nos hizo su fundador y director, Fernando Díaz Cutillas. La copla reza: “Salimos del Ateneo / por la calle Juan de Vera, / cuando vimos a Nijota / con Veremundo Perera”. Éste es el autor del estribillo de La farola del mar, poeta y coplero nacido en Granadilla, en 1890, y muerto en 1944, en Santa Cruz. Los dos fueron muy amigos, y aún muchos laguneros los recuerdan sentados en un banco de la Plaza de la Catedral, frente al Ateneo, otra de las grandes instituciones culturales de la ciudad que ya celebró su primer centenario en el pasado 2004. Su participación en las Fiestas del Cristo podemos considerarla como trascendente y decisiva, a través de su renombrada Fiesta de Arte.

En cambio, el otro gran coplero de Tenerife, Diego Crosa y Costa (Santa Cruz 1869-1942), ve a La Laguna desde una perspectiva claramente conservadora y unilateral, como bien lo demuestran sus versos pertenecientes a Tiempos pasados, donde dice: “Ya no eres, ¡Oh, Laguna¡, / la antigua ciudad muerta, / donde estudié de niño / paseando por tu Vega (...) Con qué pesar te veo / vestida a la moderna, / tus plazas y tus calles / sin charcos y sin hierbas, / con flores, en macizos, / tus mudas alamedas, / los muros de tus casas, / blanqueados y sin grietas; / sus techos sin verodes, / sin aldabón sus puertas, / sin liquen sus añosos / escudos de nobleza”...

Y acaba diciendo Crosita: “Malhaya sea el progreso / que con feroz piqueta / destruye los encantos / de las ciudades viejas”.

Comienza entonces una especie de pugna entre aquellos que defienden una transformación para la ciudad acorde con el progreso y los nuevos tiempos, y los que se aferran al pasado inmovilista bajo el pretexto de conservar lo tradicional a machamartillo. Las aportaciones cada año de los estudiantes y de las familias que suben desde Santa Cruz todos los verano van a ser factores decisivos a la hora de dinamizar la vida social y económica de la ciudad. Domingo Molina Albertos, desde la revista Hespérides (1927), veía así este fenómeno: “Hoy la vida lagunera tiene un doble aspecto, cuya duplicidad se advierte al recibir durante la temporada estival ese contingente movible que la toma como estación veraniega, y, más tarde, el otro estudiantil”. Y sigue diciendo el cronista: “Vive La Laguna dos horas intensas. Una, frívola, alegre, jocunda, hora de asueto en que mezcla y confunde su personalidad con la de los forasteros; y otra sesuda, grave, de meditación, de estudio reposado y sereno, en la que el tiempo cobra su verdadero valor y la ciudad todo su carácter”.

Un doble fenómeno que ya había detectado en 1901 el poeta lanzaroteño Antonio Zerolo en su composición dedicada a La Laguna, cuando dice, tras el paso de la estación veraniega: “Ya La Laguna, triste y solitaria, / vuelve a su natural recogimiento, / a ser la típica ciudad canaria / donde se reconcentra el pensamiento”. Tal dicotomía también está recogida en las coplas, como sucede con esta cuarteta de Amaro Lefranc, seudónimo de Rafael Hardisson Pizarroso, incluida en su libro Turrones de la feria, publicado por Goya Ediciones en 1940. La copla dice: “Hallarás en La Laguna / en el Invierno, estudiantes; / canónicos todo el año, / y en verano, veraneantes”.

Otros cronistas de la época siguen con atención la trascendencia de este fenómeno, como sucede con Vicente Bonnet que, ya en 1897, nos adelanta el siguiente juicio: “Parecería que La Laguna no vive sino de recuerdos, si no se advirtiera, desde hace algún tiempo, cierto deseo de entrar en el concierto de los más adelantados pueblos de la provincia (...) Si continúa de ese modo parecerá rejuvenecida dentro de poco tiempo”.

Si la pugna entre estas dos concepciones (que deberían ser complementarias y nunca refractarias)  no ha hecho sino comenzar, sus resultados se irán viendo paulatinamente, como muestran los juicios que aparecen en los periódicos de la época. Así sucede con  Las Noticias, en 1929, que llega a decir sobre nuestra ciudad: “...ya aparece remozada, acicalada y pulcra, rodeada de jardines, en perenne actividad sus habitantes; y, por el número de vehículos que circulan por sus calles, da la impresión de una urbe moderna, de una verdadera ciudad del siglo XX”.

LA METAMORFOSIS FESTIVA.

Muchos de los cronistas extranjeros que visitaron La Laguna en distintas épocas, y que fueron tan duros y radicales en sus juicios negativos sobre la ciudad, llegaron a coincidir en que se producía un cambio drástico y casi rotundo del panorama cuando los habitantes, en fiestas y días de guardar, vestían sus mejores galas y llenaban calles y plazas. Así lo reconoce la propia Olivia Stone, cuando, a propósito de un domingo 8 de septiembre de 1883, llega a decir que “el aspecto de la ciudad era bastante más dinámico que el día anterior. Hay una gran actividad y es difícil de creer que hoy sea domingo mientras que ayer, a pesar de sus celebraciones religiosas y procesiones, el sábado era soñoliento. Había muchos campesinos en la ciudad, las mujeres con mantilla y los hombres casi todos con  mantas”.

Un paisaje urbano semejante pudo muy bien inspirar al coplero anónimo la siguiente cuarteta: “¿A qué pueblo me has traído / que los hombres llevan manta, / las mujeres con sombrero / y las ventanas con tranca?”. También aplicable al vecino término municipal de La Esperanza, hoy convertido en El Rosario.

Como ha visto muy bien Carmelo Vega de la Rosa en su citada obra, “la fiesta es, sobre todo, ruptura: corte en el tiempo y alteración del espacio”. “La fiesta es el trastorno de lo cotidiano, como si la ciudad –y, por tanto, sus habitantes- “ansiaran desquitarse de su tristeza habitual”, como señaló Fernández de Rota al referirse a las fiestas del Cristo: “La Laguna se desborda en regocijo en esta ocasión y (...) se lanza a las calles y lugares de esparcimiento, transformando radicalmente el aspecto de la ciudad”. Frases que pertenecen a su libro Del solar tinerfeño. Recuerdos de un viajero, Madrid, 1925, Imprenta de Julio Cosano.

Aunque el testimonio es tardío, otros autores más antiguos muestran el mismo parecer que la señora Stone, como es el caso de Adolphe Coquet, que no oculta su asombro al visitar La Laguna por segunda vez, y en domingo, cuando los campesinos se habían reunido para asistir a una luchada, “como se hacía antiguamente en las ciudades griegas”. También Unamuno admitió que la existencia uniforme, siempre igual, “se vería diversificada por tales o cuales fiestas señaladas por el calendario (...) Hasta las sorpresas se preparan. Y es la necesidad del cambio”, concluye don Miguel.

Y ya que hablamos de fiestas, parece obligado referirnos a la que la ciudad de San Cristóbal de La Laguna celebró en 1760 por la proclamación del rey Carlos III. Celebraciones que conocemos gracias al testimonio escrito que nos dejó Viera y Clavijo, publicado en edición facsímil por la Real Sociedad Económica de Amigos del País, en 1988, con una extensa y acertada introducción de Enrique Romeu Palazuelos.

Aquella pomposa e histórica celebración, que tanto llegó a entusiasmar a Viera, cuenta con un testigo de excepción entre nosotros, a pesar de los dos siglos y medio transcurridos. Un testigo mudo, es cierto, pero que también desfiló por las calles laguneras hasta alcanzar en procesión estas Casas Consistoriales: ya habrán adivinado que nos estamos refiriendo al retrato de Carlos III, obra del pintor lagunero José Rodríguez de la Oliva (1695-1777), que aún cuelga de las paredes de esta sala.

Viera y Clavijo, en su minuciosa descripción de la fiesta, nos aporta importantes detalles de índole etnográfica, como las referencias de carácter musical que hace sobre los grupos participantes en el cortejo, especialmente el que iba abriéndole calle al Carro, formado por 12 guanches y 12 guanchas “naturalmente vestidos de pieles, como sabemos se vestía aquella gente”, escribe Viera, para luego añadir que formaban “la bulliciosa danza del Canario”, al son de castañetas, calabazos, panderos y flautas”. Se trata de una de las poquísimas referencias literarias que se conocen sobre nuestro célebre baile cortesano, tal vez devuelto en esa época (mitad del siglo XVIII) a los ambientes populares, ya que todo lo popular fue primero aristocrático, como ha deducido con certeza el maestro argentino Carlos Vega. También las precisas alusiones que nos da Viera respecto de los instrumentos acompañantes se nos antojan de enorme importancia organológica, especialmente en lo que se refiere a los calabazos o marangaños, nuestros rudimentarios sonajeros campesinos hechos con la calabaza trompeta y unas piedrecillas dentro, tal como dijese Antonio de Viana en su Poema.

Y sigue diciendo Viera: “Estaba toda la plaza del Adelantado poblada de diversas máquinas de fuego artificial (...) Ardieron todos con bella distribución y concierto; y al fin de aquellos agradables e inocentes estrépitos, se oyeron los roncos tonos de la artillería de la ciudad... Aquella noble y florida comitiva llevaba la lámina del Real Retrato a la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción (...) A este tiempo ya estaba toda La Laguna y las Salas Capitulares iluminadas; y subiendo a ellas con el mejor concierto la gran comitiva, se colocó el retrato de Su Majestad bajo el bello dosel de la principal sala, en donde permanecerá todo el tiempo de su augusto reinado”. Y ahí sigue en aras de poder ilustrar tan hermosa historia. Porque, al parecer, no todo eran pulgas descomunales en la ciudad, señores cronistas extranjeros.            

LOS ELEMENTOS FESTIVOS DEL CRISTO.

Como es sabido, Alonso Fernández de Lugo fundó la ciudad de San Cristóbal de La Laguna el 20 de Noviembre de 1497. Lugo fue agraciado por la real cédula de 5 de noviembre de 1496, con los nombramientos de Gobernador y Justicia Mayor, con poderes para repartir tierras, agua y herramientas. Si las crónicas, en general, han sido indulgentes con los dudosos resultados de su actuación, hay coplas implacables que lo han dejado en situación más que desairada. Sobre todo una que dice: “Aquí yacen, según dice / maestro Pepe “el Campanero”, / los restos del bandolero / que conquistó Tenerife”, inspirada posiblemente sobre su propia tumba.

La fiesta en honor del Cristo lagunero data de 1607, cuando los señores de Justicia de la Isla eligieron el 14 de septiembre como día más propicio. Cincuenta años después  sería fundada la Real y Venerable Esclavitud, que en casi cuatro siglos de existencia ha contado con cientos de miles de cofrades, fieles y seguros servidores de Crucificado lagunero, aunque antes de 1545, según el padre Quirós, ya existió una cofradía que organizaba la procesión del día 14. Y entre 1546 y 1576, la imagen del Crucificado estuvo bajo custodia de las clarisas, moradoras entonces del monasterio franciscano.

Según  las Ordenanzas de Tenerife parece claro que la fiesta del Cristo viene celebrándose desde 1532, en que Andrés Gallardín, vecino de La Laguna, “para la fiesta que en el mes de septiembre se hace ha dado toros para solemnizarla”, dice textualmente una de las Ordenanzas.

El Cristo llegó a la Isla en 1520, gracias a una petición que el Adelantado hiciera al duque de Medina Sidonia, según nos dice Buenaventura Bonnet en su obra El Santísimo Cristo de La Laguna y su culto. La talla fue valorada en setenta ducados, cantidad que los estudiosos han considerado como respetable. De ahí que los encargados de ir a buscarlo al puerto de Santa Cruz sólo llevaran treinta ducados. El patrón del barco accedió “de buena gana”, según las crónicas”, a que subieran a la ciudad con el Cristo y luego le entregasen el resto del precio. El padre Quirós, en su libro Los milagros del Cristo de La Laguna, que publicamos en este Ayuntamiento en 1988, ofrece varias interpretaciones milagrosas en  relación con el pago de los ducados, que son bien conocidas.

Gracias a las investigaciones y al arduo esfuerzo del profesor Francisco Galante, en su obra El Cristo de La Laguna: un asesinato, una escultura y un grabado, que también publicamos en junio de 1999, sabemos ya que la talla del Cristo fue esculpida en 1514, por un imaginero flamenco llamado Louis Van Vule ( o Uule), datos que figuran en los adornos caligráficos que contiene el perizoma o pliegue de la imagen. Atrás han quedado pomposas elucubraciones sobre posibles estilos escultóricos y falsos ascendientes artísticos, como la Escuela sevillana.

En cuanto a los números festeros que tenían lugar en los primeros programas, Núñez de la Peña nos dice que se celebraban comedias, fuegos, saraos, torneos y otros regocijos que duraban ocho días. Las fiestas se habían hecho muy costosas, pasando de los 50 ducados invertidos en 1607 a los mil que se gastaron en 1668, dado “el derroche de comidas y bebidas en  la víspera a cargo del Esclavo Mayor, lo que determinó que en 1739 se limitaran los refrescos en la víspera y no excedieran de una fuente de rosati y otra de anís, agua de nieve, bizcochos y chocolate”, según nos dice Buenaventura Bonnet en su obra citada.

De las noticias musicales que nos ofrecen las crónicas y las actas del Cabildo relacionadas con la fiesta, vamos a destacar por su indudable relevancia la alusión que, ya en 1556, con motivo de la proclamación de Felipe II, se hace de cantar folías e danças e otros cualesquier instrumentos de rregoçijo durante la víspera de la fiesta. Cita bastante anterior a la que hace Abreu Galindo, cuando señala que los aborígenes tinerfeños bailaban “en rueda y en folía”. Como es fácil deducir, el término folía no se usa como género específico de canto y baile, como ocurre desde el siglo XVIII a nuestros días, sino en calidad de coplilla o cantinela genérica. Sin embargo, el empleo del término en pleno siglo XVI puede servir para justificar el posterior arraigo que alcanzó entre nosotros la voz folía, el “himno de mi patria” como lo llegó a llamar Diego Crosa “Crosita”.

También aparece el tajaraste reseñado en más de una crónica, como la publicada en La Ilustración de Canarias, de 30 de septiembre de 1883, que dice: “Cuando se tocaba el popular tajaraste eran de ver los saltos, piruetas y contorsiones de los que no tenían bien segura la cabeza y aún de los que la tenían, que no eran muchos”. Una de las primeras coplas que hemos encontrado sobre la fiesta del Cristo alude precisamente al tajaraste, que hubo de tener gran preponderancia en la ciudad (como lo demuestra el toque rítmico de las campanas de sus templos, que Olivia Stone estimó como inaguantables), aunque luego, con el paso del tiempo, fue un género musical bailable que  perdió fuerza y vigencia, al revés de lo que ha acontecido en Icod con el famoso tajaraste del Amparo.

Decía la copla, publicada en La Prensa en septiembre de 1916: “Hoy hace un año / que te decía / en la fiesta del Cristo / que te quería. / Y tú me amaste / y bailamos juntitos / el tajaraste”.

En ritmo de tajaraste, precisamente, compusimos unas coplas sobre los sonidos de las campanas de La Laguna, que fue de las primeras canciones grabadas por Los Sabandeños en los años sesenta del pasado siglo. Los versos dicen así: “Cómo repican y cantan / las campanas del lugar, / tan, tan, ta, ra, ra, ra, tan, tan, / tan, tan, ta, ra, ra, ra, tan. / Las campanas del lugar / tocan en la procesión, / tin, las de San Agustín, ton, las de la Concepción, / tira y tira el sacristán / del badajo con pasión, / y el Cristo de La Laguna / se va por el callejón”.

LOS TEMAS DE LAS COPLAS.

Numerosas reseñas nos hablan de los temas obligados e inalterables de la fiesta, algunos provenientes de los primeros años que siguieron a la conquista. Así podríamos encontrar referencias al famoso acto de La Entrada “que, como siempre, fue de gran lucimiento”, en opinión de un cronista de principios del pasado siglo, que también se detuvo en exaltar los acostumbrados ventorrillos “con la oliente y sabrosa carne de adobo y el clásico peludo que tantos admiradores tiene en nuestro país”.

Veamos algunas coplas que se ocupan de los ventorrillos, término que se usa con idéntico sentido de “caseta de feria o fiesta” en Murcia, junto a otras palabras también comunes como volador, en lugar de cohete; parranda, como denominación de un grupo o rondalla musical, y lo más sorprendente: la voz timple para designar un pequeño guitarrico. Todas estas coincidencias de lenguaje popular están localizadas en la obra Tradiciones y costumbres de Murcia, de Padro Díaz Cassou, que data de 1893.

Sobre el ventorrillo, Rafael Hardisson nos dejó en Turrones de la feria tres coplas magistrales. La primera es toda una definición de nuestro típico establecimiento festero: “Una sábana, unas cañas, / carne de cerdo, buen vino, / pan, aceite y un brasero: / ¡Ya está en planta el ventorrillo¡”. La segunda encierra un piropo para la ventorrillera: “”!Qué boca pequeña, / qué fino tobillo / que tiene la dueña / de aquel ventorrillo¡”. Y la tercera describe los manjares que uno puede encontrar: “Yo me engullo primero / la carne adobo; / después agarro un vaso / y empino el codo”.

Claro es que en el ventorrillo, a pesar del tipismo, nos pueden llegar a dar gato por liebre en el tumulto de la fiesta. Por ello Nijota escribió esta hilarante cuarteta que tanto le gustaba cantar a Luis Ramos Falcón, otro lagunero de los buenos, que llevaba lo popular en la sangre: “Señora ventorrillera: / qué gracia me hace usted a mí, / vendiendo vino de afuera / como si fuera de aquí”.

Otro de los temas clásicos de la fiesta que figura en coplas y canciones es el de los puestos ambulantes de turrones, aún en Tenerife con excelentes fabricantes artesanales. Veamos lo que nos dice Amaro Lefranc: “A la turronerita morena de facciones correctas, que hoy está sentada junto a su inseparable cajón, a la entrada del muelle de Santa Cruz, la veré dentro de poco en idéntica actitud en la plaza-playa, de Candelaria, y la volveré a ver el 14 de septiembre en la plaza de San Francisco, de La Laguna, y días después en la plaza del convento de Tacoronte”. Rafael Hardisson le dedicó la siguiente copla: “Te he visto en Guïa, en Los Silos, / en Güímar, Fasnia y La Cuesta, / si en tantos sitios te encuentro / es porque sos turronera”. De ahí viene precisamente ese dicho de “estás como la caja del turrón”, aplicado a la persona que quiere estar en todos los sitios a la vez.

A la figura de la turronera le dedicamos una canción, también grabada por Los Sabandeños en su disco Boleros canarios de amor y trabajo. He aquí alguna de sus estrofas más significativas:

“Con su puesto de madera, / lleno de estampas de santos, / pasas las noches en vela / turronera de los altos. / De pueblo en pueblo rodando, / rodando de fiesta en fiesta, / al lado del ventorrillo / pa´sacar cuatro pesetas. (...) Y por el Cristo, en septiembre, / cerca del Camino Largo, / he sentido tu mirada / entre lo dulce y lo amargo. / Turronera, turronera, /ha terminado la fiesta, / pero tú sigues, romera, / pensando en la Candelaria / con tus turrones a cuestas”.

Ha escrito Pérez Vidal que los turrones canarios no se presentan en grandes y pesados bloques como los peninsulares: antes bien, se expenden en unidades tan pequeñas que una sola persona, sin pecar por exceso, puede dar buena cuenta de varios en un momento. Y añade el gran investigador palmero: “Se consumen y conocen diversas clases, pero los más típicos y característicos son los elaborados a base de gofio y miel”.

Como el gofio ha estado siempre entre nosotros, según demuestran los primeros documentos notariales, de 1512 y 1513, y la miel silvestre, como ha escrito nuestra admirada cronista oficial de la ciudad, Manuela Marrero, se recogía de ciertos árboles en determinadas Islas, no resulta descabellado pensar que con tan rudimentaria receta los turrones tinerfeños debieron de estar presentes en las primeras ediciones festeras del Cristo, formando parte del repertorio más añejo y vigente.

EL FERVOR POR EL CRISTO.

El padre Quirós, en su citado libro, ya nos decía a comienzos del siglo XVII cuánto de fervor religioso sentía el pueblo lagunero por su Cristo, a través de la siguiente descripción: “Se juntó mucha gente a celebrar la fiesta de una santa imagen del Crucificado, que está en aquel convento (...) La gente que acude de todas las islas a esta fiesta es innumerable, y todos los demás días del año está la iglesia hecha un santuario, porque desde las mañanas hasta las avemarías nunca falta gente, que con gran devoción visita al Santo Cristo. Y muchas personas vienen descalzas, manifestando sus necesidades espirituales y corporales, y todas vuelven a sus casas con gran consuelo”.

Esta fe y devoción  por el Cristo ha quedado también reflejada en las coplas populares, como ya hemos visto. El repertorio es extenso, y sólo vamos a transcribir las más representativas y vigentes en la memoria colectiva, con dos joyas a la cabeza, como son las cuartetas compuestas por Rafael Hardisson, en 1927, y por Sebastián Padrón  Acosta, en 1952.

La primera, que fue presentada ese año al certamen del Ateneo, dice así: “Al Cristo de La Laguna / mis penas le conté yo: / sus labios no se movieron / y sin  embargo me habló”. Y la segunda mereció la espiga de oro del concurso de coplas de San Benito, cuyo jurado estuvo integrado por Domingo Cabrera Cruz, Emeterio Gutiérrez Albelo y Rafael Hardisson. Posiblemente sea una de las coplas más cantadas y sentidas del repertorio canario: “Si subes a La Laguna / entra en el Cristo a rezar, / para que Dios te perdone / lo que me has hecho llorar”.

Si las coplas dicen que el Cristo alivia las penas y también reconforta en los desengaños amorosos, otras cuartetas pregonan que tal devoción nace con el lagunero desde la misma cuna, como rezan las siguientes:

“Llevo pendiente del cuello / desde que estaba en la cuna, / una medalla bendita / del Cristo de La Laguna”. Su autor es Domingo Gutiérrez Bello, y fue presentada al Concurso de San Benito, de 1952. En otra de su coplas desarrolla la misma idea: “Siendo yo niño, mi madre / me arrodillaba en la cuna, / y me enseñaba a rezarle / al Cristo de La Laguna”.

En otras aparece compartida la devoción popular entre el Cristo y la Virgen de Candelaria, como sucede en éstas: “El que nace en Tenerife / tiene al lado de su cuna, / la Virgen de Candelaria / y el Cristo de La Laguna”. Su autor es Antonio Ribot, abuelo de nuestro querido compañero Quique Lecuona, miembro fundador de Los Sabandeños. Y Elvira Machado, en su libro de coplas Alma canaria, incluye la siguiente: “La Virgen de Candelaria / y el Cristo de La Laguna, / son las dos grandes fortunas / de nuestras Islas Canarias”.

Otro de los grandes motivos de inspiración coplera de la Fiesta del Cristo es, sin duda, lo que conocemos familiarmente con el nombre de La Entrada. Es decir: los numerosos y espectaculares fuegos de artificio que se lanzan en honor del Cristo antes de que se produzca su entrada al Santuario. Así llega a decir el poeta lanzaroteño Antonio Zerolo en una de sus coplas: “El que quiera conocer / si en Canarias hay fervor, / que vaya todos los años / a La Entrada del Señor”.

El poeta y músico lagunero, José González Gutiérrez, al que todos llamábamos cariñosamente Pepe “el Cartero”, destacado orfeonista y autor de obras polifónicas como la que dedicó a las Cruces de La Laguna, también incluyó el tema de La Entrada en varias de sus coplas: “Muchos miles de cohetes / se elevaron en La Entrada, / pero fue mucho mayor / el número de plegarias”.

Pero hemos dicho que el cohete se convierte en foguete o volador, para poder entendernos. Ya el término volador, que compartimos con los murcianos, está utilizado en el Diario, de Juan Primo de la Guerra, que describe así una quema de fuegos en La Laguna: “Anoche fueron los primeros fuegos costeados por el Cabildo, que han sido hechos en Inglaterra. Había entre ellos algunos voladores, que despedían una luz más pura”.

De esta forma, y a pesar de sus vinculaciones religiosas, el foguete o volador ha protagonizado jocosas y picarescas coplas, como los conocidos estribillos de Nijota, que rezan: “A Mateya, la jija, / del cho Capote, / se le metió un foguete / por el escote. / Juye, Mateya, juye, / juye, Mateya, ¡miá que hasta los foguetes / tienen ideyas¡”. En parecido sentido se expresó Amaro Lefranc con las siguientes coplas: “Mira Juana, que al templete / va acercándose el Señor, / ¡cuidado no te chamusque / las greñas un volador¡”. Y en su obra Turrones de la feria confesó “un tímido erotismo” en la siguiente cuarteta: “Aquí llevo un regalo / para tu hermana: / dos rueditas de fuego / y una bengala”.O el propio José González Gutiérrez, en el siguiente estribillo: “Un foguete encendido / y esrabonado, / me chamuscó el vestido / junto al cercado”.

Hace ya cuarenta años, este Ayuntamiento patrocinó el disco de la Misa Sabandeña, siendo alcalde Francisco Marcos Hernández. En él incluimos unas Malagueñas al Cristo, con coplas alusivas a la Semana Santa y a las fiestas de septiembre. La quintilla que sigue trata de describir una infidelidad amorosa en la misma noche del 14 de septiembre. Y dice así: “Subiendo al risco con otro, / desde el templete te vi, / cuando se acabe La Entrada / ya no serás para mí / sino polvo de bengala”.

Y años más tarde, en 1987, compuse otra malagueña de cinco versos a petición de Marina, una de las grandes cantadoras de los Rodríguez de Milán, para su disco titulado Grandes éxitos, que patrocinó el Cabildo de Tenerife. Reza la copla: “Oh, Cristo de La Laguna, / vuelve tu mirada atrás, / dale la vista a los ciegos, / a los pueblos libertad / y esperanza a los ateos”. Siento una profunda impresión cada vez que la escucho en mi querida Tejina, tierra de grandes folcloristas.

FIDELIDAD A LA TRADICIÓN. 

Y vamos concluyendo, señora alcaldesa, dignísimas autoridades, señoras, señores, queridos amigos. Por lo dicho –y por lo mucho que hemos omitido- parece claro que, a pesar del paso del tiempo, la fiesta del Cristo ha permanecido fiel a aquellos elementos tradicionales que la hicieron posible hace más de cinco siglos. Ahí están los ventorrillos y las turroneras, el olor a adobo y las catas de los vinos de la tierra; la música de las parrandas, los fuegos de La Entrada, los conciertos y paseos en torno a la plaza o el patio, como antaño se llamaba ; y la carrera de sortijas a caballo y la luchada tradicional entre los mejores pollos de Tenerife, que los buenos aficionados siempre aguardan como agua de mayo.

Es cierto que han aparecido actos y números festeros de nueva y reciente factura, porque los tiempos imponen sus modas y exigen la innovación, pero sin llegar a la ruptura con el marco general que se ha ido tejiendo año tras año con el hilo invisible de la tradición. Ya lo dijo el filósofo Eugenio D´Ors, ilustre visitante de nuestro Ateneo en 1935, de la mano del ilustre abogado lagunero, Manuel González de Aledo: “Lo que no es tradición, es plagio”. Y añadió en su discurso esta impresionante frase: “Ese algo oculto y misterioso, imposible de representar, constituye el misterio indescifrable de esta ciudad”.

En días pasados, mientras Los Sabandeños cantaban en la explanada del Gugenhein, el museo bilbaíno, tuvimos un recuerdo de agradecimiento para aquellos coros vascos que nos visitaron en la década de los años cincuenta del pasado siglo, cuando era alcalde de este Ayuntamiento Lupicino Arbelo Padrón: el Coro Maitea, el Coro Easo, el Coro Santiaguín, de Xama de Langreo y, muy en especial, la Coral de Cámara de Pamplona, dirigida por el maestro Luis Morondo. Dijimos textualmente: “Gracias a los coros vascos que recibíamos en La Laguna por las Fiestas del Cristo, por habernos enseñado a cantar colectivamente”.

Y lo que son las cosas. La Coral de Cámara de Pamplona, en su segunda visita, nos trajo la buena nueva de una versión coral que hizo Luis Morondo sobre los Cantos Canarios, de Teobaldo Power. Para ponerle letra a la rapsodia que el músico tinerfeño compuso en Las Mercedes, Morondo utilizó un buen racimo de coplas populares que extrajo del librito que le dieron en La Laguna y que contenía las creaciones que los copleros presentaron al Concurso de San Benito, en 1952. Versión coral que fue recogida en disco, y que llegamos a conocer gracias a un ejemplar que nos dejó Manuel Luis Ramos Izquierdo, que lo había adquirido en París. Aquella interpretación, junto a dos piezas de Hardisson, En ritmo de folía y Tajaraste, había merecido en 1953 el Gran Premio Internacional de la Academia Francesa del Disco. Ahí es nada.

¿Y saben ustedes cómo terminaba aquella versión de los Cantos canarios, de Power, interpretada por la Coral de Cámara, de Pamplona? Pues terminaba con una copla que nos vale para resumir todo lo que hemos dicho en este pregón festero, ya que se nos antoja como la respuesta a las muchas preguntas que es necesario hacer sobre esos misterios que encierra La Laguna y a los que se refería Eugenio D´Ors. ¿Qué tiene de especial La Laguna, que tanto nos cautiva y nos atrae, a pesar de las malas rachas, de etapas críticas y de juicios tan adversos como los que hemos escuchado aquí, esta noche, en bocas de reputados cronistas propios y ajenos?

Esta incógnita crucial trató de despejarla un lagunero que hacía coplas y responde al nombre de Domingo Gutiérrez Bello. Su mensaje es el siguiente: “En La Laguna nací, / y en ella morir deseo, / pues La Laguna me atrae / como el imán al acero”. Con ella terminamos. Muchas gracias por vuestra atención. Y felices fiestas.