Una de las historias más hermosas que giran en torno al Cristo de La Laguna, es la que al poeta Antonio Zerolo Herrera le contó hace años un abuelo de Bajamar, viejo cronicón —lo llamaremos Juan— que, cuando tenía veinte años, fue testigo de un aconte­cimiento rezumante de milagro y amor.

La abuela bajamarera, con los ojos puestos en un Cielo que teñía de azul las aguas del mar, rezaba junto a sus nietos la Novena al Cristo lagunero: «Señor mío Jesucristo Cru­cificado que, en esta vuestra Sagrada Imagen venerada en la isla de Tenerife, mantenéis viva la fe del pueblo cristiano...» Pedía, con fervor, que el Cristo consolara al pueblo en sus aflicciones, que lo alentara en el camino de la vida, que lo vivificara en su regazo de padre amoroso y que «vuestra diestra guíe y ayude a todos aquellos vuestros hijos que, en apartadas regiones, luchan por la existencia, a los que están sobre las aguas del mar...» Qué bien sabría ella que su mejor amigo, al que desde pequeña llevaba prendido en el corazón, avanzaba hacia la costa junto a un hombre moribundo, pues las olas, lentamente, le iban quitando la vida.

Terminó la centenaria mujer su oración, y Juan, su nieto, se dirigió a su habitación, se tendió en la cama y se durmió recordando las últimas palabras del rezo tradicional: «Al poner la vida en nuestras manos, el alma alcanzará la salvación». Soñaba el joven con el mar que era su mundo y con su casa convertida en barca. Pero las aguas atlánticas de su mundo, tal y como en el rezo, traían a un hombre dispuesto a poner la vida en sus manos y a entregarle el amigo de su abuela.

La tarde se había dormido. Se despertaba la noche y, misteriosa, abrazaba al pue­blo. Los vientos aumentaban de intensidad, las lluvias de caudal y las nubes, como cuajaro­nes de asfalto, se acompañaban de unos fondos grises y azulados que conferían al Cielo un aspecto de misterio y soledad.

La lluvia se lanzaba violentamente contra las coralinas tejas de la cubierta de su casa y el viento, en uno de sus intentos por penetrar a través de las rendijas, llevó hasta los apo­sentos de Juan un grito, un lamento de :un agonizante que partía el corazón.

Dejó su casa. Camino de la playa oyó de nueva aquella voz lastimera, más no vio bulto alguno, porque en aquella noche no lucía ni una estrella en el firmamento. De pron­to, delante de sus pies, algo en la oscuridad luchaba y a las rocas se agarraba cuando el bajamarero le tendió la mano. «¡Con que ansia, con que anhelo, / en su loco paroxismo, / pisó aquel náufrago el suelo! / Y que terrible es el duelo / del hombre con el abismo!», dice el poeta.

Llegaron a la casa los dos. Guiado por la cristiana formación recibida, Juan compar­tió con el náufrago su pan y su lumbre. Después de que abrigara su cuerpo con una manta, el joven tomó en sus manos el traje del desconocido y lo puso a secar junto al fogón, más no sin antes, por natural precaución, extraer un papel doblado qüe sobresalía en uno de los bolsillos de la prenda.

El corazón del joven se agitó y un profundo escalofrío recorrió su piel, al ver que, rezumando agua la vestimenta, permanecía seco el papel. El milagro se había acercado a aquella casa de Bajamar. Las temblorosas manos de Juan abrieron el papel y lo que en él apareció sólo se puede contar con los versos del poeta Antonio Zerolo: «En vano la mar se agita / y sus olas una a una / por mojarlo precipita. / ¡Era la imagen bendita / del Cristo de La Laguna!».

Así es mi Cristo lagunero: un Crucificado envuelto en leyenda, tradición y milagro. Las aguas del Atlántico no pudieron mojar el papel porque es imposible ante el calor que desprende el Cristo, el cual es capaz de avivar hasta el más apagado corazón.

Pero mi Crucificado moreno enciende, además, a La Laguna en el mes de septiem­bre. Enardece la monotonía del verde de los álamos de la plaza y el negro de la noche, con el florecer multicolor de las banderas y el efímero nacimiento de las estrellas de la piro­tecnia, respectivamente.

Cada mes de septiembre, Aguere es un reventón de alegría, a pesar de que una parte del corazón de la ciudad sufra por la pérdida de antiguos actos festivos. Qué felices serían los septiembres de mi ciudad, si un año los viejos programas de fiesta dejaran en libertad a los regocijos populares que duermen en sus desteñidas páginas y despertaran en la plaza de San Francisco: fuentes de rosati y de anís, paseos, corridas de toros, reparto de bonos de pan y carne entre los pobres, la fiesta de los mantones, la fiesta de la patria, la mujer y la música, y aquel traslado de San Benito, con danzas y parrandas, hasta la plaza del Cristo, para bendecir el ganado de la popular feria vacuna.

Muchas cosas han desaparecido de las fiestas, pero nadie ha podido eclipsar un co­lor: el negro del traje del esclavo del Cristo, con el que, hace ahora un año, decidí arropar mi cuerpo, mientras el pueblo se viste de vivos colores.

Al vestirme de esclavo y presenciar el Descendimiento, comprendí muchas cosas: porqué la madre lagunera enseña a rezar a su hijo al Cristo de La Laguna desde que está en la cuna o porqué la monja Sor Beatriz de Santa Florentina murió exactamente cuando el Cristo pasó, en el Santo Entierro, un Viernes Santo, por delante del convento.

Creo que todo lagunero que ame a su Cristo debe ser esclavo y sentir las sensaciones que ello representa: la medalla en el pecho, el calor de la vela y su olor a cera, y ver descla­var al gran Cristo de La Laguna y admirar cómo se hace pequeño en los brazos de los hom­bres y grande en nuestro corazón. Un acto que se realiza en penumbras, con lágrimas cen­telleando en los ojos de la mujer lagunera y fieles que pasan objetos por el cuerpo del Cru­cificado, en un intento de que se impregnen con el milagro de siglos.

Dicen que mi Cristo es sevillano. Y no se equivocan, porque en Sevilla, a través de la obra de Federico Gutiérrez, encontré las palabras para describir a mi Crucificado la­gunero: es Luna y también Sol, es gracia, esperanza y flor qué nadie puede igualar en her­mosura y dolor; el viento se hace canción y temblor se hace la brisa, ante su dolor crucifica­do que es caricia del cristiano corazón; pende de una Cruz y va sangrando por las heridas, y sus ojos sin luz a todos nos ilumina; lleva en su pecho el dolor y en sus lágrimas la pena, y en el moreno de su color lleva el perfume de la azucena; sólo se le puede mirar y, luego, dejarle, porque es mucha la pena para poder consolarle, y sus llagas son cinco lirios que simbolizan su martirio.

En este verano, cuando paseen por las playas, no sólo de Bajamar sino de cualquier lugar de Tenerife, tengan presente que las aguas atlánticas son del Cristo lagunero: fueron calmadas antaño para que un barco cargado de trigo llegara a la isla, muchos pescadores se han salvado en ellas al encomendarse al Crucificado moreno y, con frecuencia, las nubes dejan caer el agua marina, en forma de lluvia, en unas tierras que, en algún momento de la historia, las han devuelto a la pila, de donde los fieles la toman para santiguarse a diario, al entrar en el Real Santuario de San Miguel de las Victorias.

No es frecuente que encuentren al Cristo lagunero en el mar. Pero estén atentos como el bajamarero, porque, en cualquier momento, el Atlántico se puede agitar y preci­pitar a la costa a algún moribundo, el cual, aunque no en un papel como el de esta histo­ria, puede traer el Cristo en un corazón, al que el agua tampoco puede llegar ni mojar.

Recorro la playa y veo, con frecuencia, callaos en forma de corazón. ¿No será el amor del Cristo el que los labra y arroja a la playa? Al terminar de escribir este artículo, curiosa­mente, al tenderme en la playa de Candelaria, apareció entre la arena un basáltico corazón. Lo tomé en mis manos y, acordándome de mi enfervorizada hipótesis —relativa a que pue­den ser muestras de amor del Crucificado moreno—, agradecí la imaginaria muestra de cariño del Cristo de La Laguna, creándole dos folías de amor: Es el Cristo lagunero / amor a una Cruz prendido, / es Rey dormido / de la ciudad que yo quiero. / Mi Cristo, mi Rey, es moreno / y en su rostro va la pena, / va la tierra, va la arena / de la isla que le da amor. En su pecho va el dolor / que de angustia nos llena. Se para al verte la Luna, / Nardo y Jazmín de ternura, / flor de hermosura / del jardín de La Laguna. / Y se parten, una a una, / las rosas ante tu amor, / porque en belleza y dolor / nadie te puede igualar. / Clava a tu Cruz mi cantar, / Cristo moreno de amor.